En el interior productivo abundan las empresas familiares que producen de manera excelente pero administran como hace cuarenta años: campos a nombre de personas físicas, sociedades de hecho, números mezclados entre la familia y la empresa, y una sucesión de la que nadie quiere hablar.
El problema es que estos temas no avisan: se vuelven urgentes con un fallecimiento, una venta o un conflicto entre hermanos. Y resolverlos apurados siempre cuesta más caro — en impuestos, en tiempo y en relaciones familiares.
Los tres frentes que recomendamos ordenar a tiempo son: la estructura societaria (que la titularidad de la tierra y la operación productiva estén correctamente separadas), las liquidaciones claras (que cada socio y cada propietario sepa qué produce su tierra y qué le corresponde, campaña por campaña) y la sucesión conversada (definir en vida, con asesoramiento profesional, cómo sigue la empresa en la próxima generación).
La buena noticia: ordenarse no es traumático si se hace con tiempo. La tradición se honra mejor con los papeles en regla.